El verano del 2025 promete ser una temporada de alivio para la economía peruana, con un crecimiento proyectado del 3 % en el Producto Bruto Interno (PBI) impulsado por el dinamismo del consumo. Sin embargo, detrás de las cifras alentadoras se encuentra un panorama que merece análisis, reflexión y, sobre todo, acciones concretas para garantizar una recuperación sostenible.
La Cámara de Comercio de Lima (CCL) y el Banco de Crédito del Perú (BCP) coinciden en que los primeros meses del año estarán marcados por un mayor consumo en sectores clave como alimentos, bebidas, ropa y artefactos, un fenómeno típico del verano debido a las vacaciones y al aumento de la actividad comercial. Adicionalmente, la apertura de nuevos centros comerciales, como el Boulevard Puntamar o Parque La Molina, y la ampliación de malls existentes jugarán un rol importante en este repunte económico.
Sin embargo, es crucial no perder de vista que este crecimiento se asienta en circunstancias particulares, como una inflación controlada, la recuperación de salarios reales y expectativas empresariales optimistas. Estos factores, aunque positivos, no garantizan un crecimiento sostenido más allá de la estacionalidad que caracteriza al primer trimestre del año.
En este contexto, las proyecciones anuales son menos entusiastas: se espera que la economía crezca apenas 2.7 % en el 2025, un porcentaje que, aunque mejor que el sombrío 2023, revela los límites de un modelo económico que depende excesivamente del consumo interno y que sigue sin resolver problemas estructurales como la débil inversión privada.
El jefe del Instituto de Economía y Desarrollo Empresarial de la CCL, Óscar Chávez, lo dejó claro: la falta de medidas extraordinarias como los retiros de la CTS y de las AFP, que dinamizaron el consumo en el 2024, podría desacelerar el crecimiento en el segundo trimestre del 2025. Esta realidad evidencia la fragilidad del rebote económico y la necesidad de políticas de mediano y largo plazo para estimular sectores estratégicos, diversificar la economía y mejorar la productividad.
Otro punto crítico es el impacto que el entorno político y geopolítico podría tener en la recuperación económica. Por un lado, las campañas electorales locales rumbo a los comicios del 2026 podrían generar incertidumbre en los agentes económicos, ralentizando decisiones de inversión. Por otro lado, la tensión comercial entre Estados Unidos y China, principales socios comerciales del Perú, añade una dosis de vulnerabilidad externa que no se puede ignorar.
La sostenibilidad del crecimiento económico no depende solo de un buen desempeño en comercio y servicios, sectores que, según proyecciones, crecerán 3.1 % y 2.9 %, respectivamente. Hace falta un esfuerzo conjunto entre el sector público y privado para fomentar la inversión en infraestructura, tecnología y educación, elementos fundamentales para una economía más resiliente y competitiva.
El optimismo moderado que generan las cifras de este verano no debe llevarnos a bajar la guardia. Si bien el dinamismo del consumo es una señal alentadora, no podemos permitir que el Perú siga atrapado en ciclos de recuperación temporales que no logran consolidarse. La verdadera prueba estará en la capacidad del país para convertir este impulso inicial en un crecimiento sostenido y equitativo que beneficie a todos los peruanos.










